Y sin hablarme
me besaste el alma.
Y desde ese día,
me paso buscandote en todas partes.
Nadie,
adicta a eso que me diste
antes de decirte sí.
Fue quien me abandonó cuando más me quería, pero yo ya lo sabía. Yo lo cree, cada uno de sus rasgos fue esculpido por mí. Todas mis carencias se reflejaron en él. Quería verme en sus ojos, quería aprender del pasado para que nunca más me atormentara el presente y mucho menos un futuro al que no le veo las greñas.
Se fue, vaya si se fue.
Jamás volví a querer a nadie. Los pactos tienen estas cosas, y en mi delirio... yo pagué con el corazón.
La rapidez con que te olvido es lenta, demasiado pausada, muy inexistente como para hablar de ella, invisible, muerta. Me lleva de la mano a través de los recuerdos, entre manecillas de relojes sin avance. Se acompaña de amaneceres desolados, y mirándome, sabe que ha perdido la batalla, aún cuando no empezó a luchar, por que en mis días (ayeres y mañanas) sólo hay tiempo para no dejar cesar a esta memoria que, hasta siempre y por hoy desde hace muchos años, recordándote está. Bla, bla, bla ...
Y el tiempo éra un complice barato de sus mentiras, y su mirada, éra el pasaje a un mundo de fantasías.
El dejó de planear el futuro esperado, y se sostuvo de la mano de la furia olvidada.
La locura espiritual no demostraba su carisma, y frente a una sonrísa caída, dejó su tiranía.
Beso aquellos labios desconsolado, desconociendo el trauma enigmatico, termino dejándo todo a un costado.
Prefirio la mentira, y olvidó la verdad, y llego al principio de su triste final